9/01/2011

De la Dictadura a la República. La caída de la Monarquía El Gobierno del General Berenguer


En enero de 1930 el Gobierno de Primo de Rivera es sustituido por el de Berenguer que inicia una liberalización del sistema, decretando en febrero una amnistía, con la consiguiente liberación de los presos políticos. Esta actitud tolerante que el Gobierno Berenguer manifiesta va a permitir una mayor actividad de los partidos y de las organizaciones obreras, consintiéndose, pese a que la previa censura de prensa no se suprime hasta el mes de septiembre, declaraciones públicas que no hubieran tenido cabida en la pasada Dictadura.
El Partido Comunista, aprovechando esta actitud gubernamental, celebra en marzo de 1930, la denominada “Conferencia de Pamplona”, aunque debido a su clandestinidad, y por motivos de seguridad se celebra realmente en Bilbao, manteniéndose, en líneas generales y sin cambios perceptibles su política de “Gobierno Obrero y Campesino”, así como la línea insurreccional[1]. Sin embargo, la resolución sindical[2] que proponía la construcción de sindicatos con control directo de los comunistas, formando “Comités para la Reconstrucción de la C.N.T.” generó una fuerte oposición de varias Federaciones, entre las que se encontraba la de Andalucía. No obstante, la propuesta, que además se adecuaba a las tesis de la Internacional Comunista[3], será aprobada y se pondrá en marcha la actuación sindical acorde a la misma, creándose la denominada “Unión Regional de Sindicatos Andaluces” que solicitó y obtuvo la incorporación a la Internacional Sindical Roja.
Esta política sindical venía siendo aplicada en Sevilla con anterioridad a la celebración de la Conferencia, pero obtuvo nulos resultados por cuanto de Federación Local de la Confederación Nacional del Trabajo no permitió la infiltración de elementos afines al comunismo.
Al mismo tiempo la C.N.T., en su Pleno celebrado los días 17 y 18 de abril, declara su hostilidad a la monarquía, sin que su legalidad, a nivel provincial, autorizada el 30 del mismo mes, sirva para modificar su actitud[4].


[1] Archivo Histórico del Partido Comunista de España. Resolución de la Conferencia Nacional del PCE sobre la política de su Comité Ejecutivo. Pamplona . Film III, apartado 48.

[2] Ibídem.

[3] La estipulación novena de las condiciones de ingreso de los partidos en la Internacional Comunista establece:
Cada uno de los partidos que deseen pertenecer a la Internacional Comunista tiene la obligación de realizar una labor comunista sistemática e insistente dentro de los sindicatos, de las cooperativas y de otras organizaciones obreras de masas. En el seno de los sindicatos es necesario formar células comunistas que, mediante un trabajo prolongado y tesonero, deben conquistar dichas organizaciones para la causa del comunismo. Estas células tienen el deber de desenmascarar en toda su labor cotidiana la traición de los socialpatriotas y la vacilaciones del “centro”. Estas células comunistas deben estar completamente subordinadas al conjunto del partido.”
[4] Malerbe, Pierre “ La Dictadura”, en Tuñón de Lara, Manuel “la Crisis del Estado. Dictadura. República. Guerra (1923-1929)”. Pág. 94.
Javier Tusell fecha en cambio la legalidad provincial de la C.N.T en Mayo.

8/30/2011

PCE: El Pronunciamiento de septiembre de 1923. La Dictadura


En septiembre, el día 13, se produce el golpe de Estado del General Primo de Rivera. La reacción del P.C.E, es de total oposición, llamando en Madrid, el mismo día 13, a la Huelga General, llamamiento en el que fue secundado por la Federación local de la C.N.T., mientras que la actitud del P.S.O.E., si bien fue contraria al golpe[1], negaba la participación activa en defensa de la legalidad. Al mismo tiempo, su nota del 15 ponía en guardia contra cualquier movimiento que pueda dar lugar a represión, desautorizando a cualquier Comité (no podían ser otros que los del P.C.E. y la C.N.T.), que tomara iniciativas. No existía ninguna posibilidad de resistencia sin la participación del P.S.O.E., por lo que el golpe triunfó sin apenas resistencia.

Tanto el P.C.E. como la C.N.T. sufrieron la persecución y represión del régimen. La represión contra el comunismo halló su pretexto en un supuesto movimiento revolucionario que tendría lugar en diciembre, con participación conjunta de comunistas del vecino Portugal. Se produjeron detenciones de miembros del Comité Central y de las Juventudes en Asturias, Bilbao, Madrid, Palma de Mallorca, San Sebastián y Sevilla. Consecuentemente, el Partido se organiza en la clandestinidad, asumiendo la dirección un triunvirato, formado por Maurín, Martín Sastre y González Canet. En ese momento comienza el abandono del Partido por los antiguos militantes socialistas que provocaron la escisión, quedando reducido, en los inicios del año 1924, a 450 militantes[2]. al mismo tiempo la intensificación de la represión obliga a la Dirección del Partido a instalarse en París, asumiendo las funciones Bullejos, León Trilla y Adame, que va servir de puente para la incorporación, entre los años 1926 y 1928 de un importante grupo de sindicalistas sevillanos[3], procedentes de la Confederación Nacional del Trabajo, consiguiendo el Partido el control de un importante número de sindicatos, entre los que se encontraban el de obreros portuarios, el de panaderos, el de metalúrgicos, el de ferroviarios, etc., consolidando uno de los núcleos comunistas más importantes de España.

En 1926 la dirección del P.C.E., vuelve a España, instalándose Bullejos en Bilbao, desde donde coordina la organización de una Huelga General en Vizcaya y la participación activa del Partido en las que se suceden en la cuenca minera asturiana, pero las detenciones del mismo Bullejos, de León Trilla, Adame y Arrarás obligan nuevamente, en 1928, a situar en París el Comité Ejecutivo que quedó constituido por Vicente Arroyo y dos delegados del Partido Comunista francés, Duclós y Rabaté. Allí, en la capital francesa, ya en 1929, se celebrará el III Congreso del Partido Comunista Español, al que no pudieron asistir la mayoría de los delegados del interior al no poder cruzar la frontera, y donde se ratificaron los acuerdos adoptados por el VI Congreso de la Internacional Comunista de “frente único por la base” y de “clase contra clase”.






[1] Manifiesto del P.S.O.E. y de la U.G.T., afirmando que :”no se debe dar aliento a esta sublevación”.
[2] Ibarruri, Dolores y Azcárate, M.: “Historia del Partido Comunista de España”
[3] Se incorporarán Antonio Mije, Manuel Delicado, José Díaz Ramos, Barneto, Roldán, Etc.

8/25/2011

P.C.E. La Cuestión de Marruecos. Sublevación en Málaga. 1923

En el mismo año 1923, la presión sobre las líneas españolas en la interminable guerra de Marruecos, provoca la movilización de nuevos efectivos que han de embarcarse por el puerto de Málaga, para su traslado a Melilla. El día 23 de agosto, soldados del Regimiento de Navarra[1], liderados por el cabo José Sánchez Barroso, se negaron a embarcar, originándose un tumulto en el que resultó muerto un suboficial. La tropa sublevada recorrió la ciudad buscando la solidaridad de otros militares sin conseguirlo, mientras que si encontró ayuda entre la población civil. Cuando los rebeldes fueron sometidos, se les embarcó sin armas hacia Marruecos. En el mismo mes comenzó el proceso contra el cabo Barroso, que fue condenado a muerte.
Dado que muchos malagueños habían acogido en su casa y alimentado a soldados rebeldes la policía intento implicar al movimiento anarquista malagueño en la sublevación. A tal efecto se informó al juez militar de la participación los dirigentes de los sindicatos de Transportes y  Servicios Públicos, por lo que la autoridad judicial ordenó su detención, encontrándose en poder de Francisco Ruiz una pistola Star[2]
Sin embargo, la historiografía oficial del P.C.E., une la figura del cabo Barroso al Partido, en su historia de los comunistas malagueños, afirmando la fidelidad del mismo a las consignas emanadas de la I.C. Efectivamente, las condiciones de ingreso en la Internacional Comunista marcaban una línea muy clara de actuación a las distintas secciones de la misma, concretamente la nº. 8 estipulaba : “En la cuestión de las colonias y de las nacionalidades oprimidas es necesaria una línea singularmente precisa y clara de los partidos de aquellos países cuya burguesía domina a dichas colonias y oprime a otras naciones. Cada uno de los partidos que deseen pertenecer a la Tercera Internacional tienen el deber de desenmascarar sin piedad los subterfugios de “sus” imperialistas en las colonias, de apoyar de hecho, y no de palabra, todo movimiento de liberación en las colonias, de exigir que salgan de estas colonias sus imperialistas, de educar a los obreros de su país en un espíritu de verdadera fraternidad hacia los trabajadores de las colonias y nacionalidades oprimidas y de llevar a cabo una agitación sistemática entre sus tropas contra toda opresión de los pueblos coloniales.”.
Esta labor obligada de agitación entre las tropas, se completaba con el mandato de creación de células comunistas en el Ejército, por lo que debería contemplarse con más detenimiento la posibilidad de una militancia del cabo Barroso en las filas del Partido Comunista de España [3].

Por otra parte, se aprecia un análisis insuficiente del P.C.E. con relación al problema colonial. Los apoyos de la III Internacional a Abd-el-Krim y a su movimiento, les llevan a mezclar el colaboracionismo de El Raisuni, con el independentismo del anterior. Sólo después de 1925 conseguirá el Partido Comunista una visión consecuente sobre el problema.


[1] Cuadernos de Historia. Los Comunistas Malagueños. El PCE en Málaga: apuntes de su historia 1921-1977. Pág. 4.
Se afirma que los soldados pertenecían al Regimiento de Garellano.

[2] El Cronista 24 de Agosto y La Unión Ilustrada del domingo 2 de septiembre.
Parece probable el hecho puesto que Francisco Ruiz pertenecía a los Cuadros de Defensa Confederal, con arma en su domicilio.


[3] Nadal, Antonio “Andalucía ante el advenimiento de la República. Coyuntura Política y movimientos huelguísticos en la Málaga de 1930”. Pág. 70
Comín Colomer afirma la militancia de  estos soldados vascos en el P.C.E.

8/23/2011

La escisión del PSOE y la llegada del PCE


El Congreso Extraordinario de 1921: la escisión.



El tercer Congreso extraordinario, tuvo lugar en abril de 1921, con representantes de ciento dos agrupaciones y más de quince mil militantes, aproximadamente un veintisiete por ciento de los militantes[1]., similar a la de las dos anteriores convocatorias. Se inició con la lectura de la carta de Pablo Iglesias, tras lo cual, Anguiano y Fernando de los Ríos presentaron ante el Congreso el mismo informe que se había discutido en la reunión del Comité Nacional, comenzando posteriormente el debate que fue duro. Las intervenciones en contra de Largo Caballero[2] y de Julián Besteiro que llegó a invitar a los partidarios de la III Internacional a marcharse, uniéndose al Partido Comunista Español, fundado por las Juventudes Socialistas, significaron que los partidarios de la adhesión habían perdido la iniciativa dentro del partido. Tras cinco días de debates, el Congreso decidió no adherirse a la Internacional Comunista por 8.808 votos contra 6.205.

La Agrupación socialista de Málaga, reunida el viernes 11 de marzo presidida por José Molina Moreno, acordó[3] por mayoría votar en contra de la adhesión del P.S.O.E. a la Tercera Internacional, por no estar de acuerdo con los 21 puntos que condicionaban el ingreso en la misma, manifestando, igualmente su apoyo al grupo de reconstructores y a su búsqueda de la unión de las Internacionales en un único bloque proletario.

Entonces, Óscar Pérez Solís del sector de los “Terceristas” leyó un manifiesto mediante el cual, veintinueve delegados se declaraban incompatibles con un partido que había rechazado su adhesión a la III Internacional, abandonando el Congreso y produciéndose la escisión. Se reunieron en los locales de la “Escuela Nueva”, constituyendo el Partido Comunista Obrero Español, que encabezaban Quejido, Anguiano, Núñez de Arenas, Pérez Solís y Virginia González. La fusión de los dos partidos tuvo lugar a fines del año 1921, en una conferencia celebrada entre los días 7 y 14 de noviembre, en la que intervino un delegado de la Internacional Comunista, Graziadei[4]. Sobre la base de un directorio cuyo secretario general fue Rafael Milla y que estaba formado por seis miembros del P.C.O.E. y nueve del Partido Comunista Español, se organizó una estructura provisional a la espera del Congreso de unificación, celebrado en marzo de 1922, donde se fijaron los estatutos y se aprobaron las tesis sobre el “frente único proletario” que la Tercera Internacional acababa de asumir. Su órgano de prensa fue “Claridad”, posteriormente convertido en “La Antorcha”, mientras continuaban editándose “Aurora Roja” en Asturias; “Nueva Aurora en Pontevedra”, “Bandera Roja” en las Vascongadas y otros periódicos.




[1] Los datos que proporciona El Socialista fijan en 54.412 los militantes del P.S.O.E. en la fecha del Congreso.




[2][2] Termes, Josep y Alquézar Ramón: “ 2 –1909-1931” en Tuñón de Lara “Historia del Socialismo Español”. Pág. 164-165.

Largo Caballero rechazó las justificaciones de los terceristas en el sentido de que la aceptación de las veintiún condiciones no significaba su expulsión del partido, afirmando: ”No las acepto, no votaré por ellas. Y, en consecuencia, como no dejaré el partido, seré expulsado de él”. Además la afiliación a la Internacional Comunista supondría la ruptura con la U.G.T., que él mismo lideraba y que se había decantado de forma absolutamente abrumadora por la Internacional Sindical de Amsterdam.

Pese a la evidente importancia del Congreso Extraordinario de 1921 que supuso la escisión del P.S.O.E., Francisco Largo Caballero no dedica, en su testimonio “Notas Históricas del la Guerra de España. 1917-1940”, ni una sola palabra al mismo.

En opinión de Santos Julia: “presentan estas notas todas las características de una ordenación de documentos con vistas a su discusión pública en algún futuro congreso del Partido o de la Unión. Los dirigentes socialistas seleccionaban los documentos que juzgaban más relevantes para dar cuenta, ante los congresos, del sentido y los resultados de su gestión. No se trata, por tanto, de un volumen de recuerdos o memorias”. Lo que en alguna manera nos sirve para justificar tal vacío.




[3] El Regional, domingo 13 de marzo de 1921. Pág. 2.




[4] Ruiz, David “España 1902-1923: Vida Política, Social y Cultural” en Tuñón de Lara, Manuel “Revolución Burguesa, Oligarquía y Constitucionalismo (1834-1923)” Pág. 519.

7/22/2011

Origen del P.C.E

La escisión del P.S.O.E. Los orígenes del Partido Comunista de España.


Tras la revolución soviética de 1917, que tuvo lugar en el entorno de la Gran Guerra, y al final de la misma se convocó[1] en Moscú, a finales de enero de 1919, el Congreso Fundacional de la III Internacional, entre el 2 y el 5 de marzo de 1919, donde se conminó a los socialistas españoles a adoptar una decisión sobre su adhesión a la misma.

La cuestión de la III Internacional


Esta cuestión se convertiría desde ese momento en el centro del debate político del socialismo español. El Congreso del P.S.O.E., celebrado en diciembre de 1919 con carácter extraordinario, no adoptó ninguna decisión firme al respecto. La resolución[2], condicionaba la adhesión a la Internacional Comunista al albur de los futuros acuerdos adoptados en Ginebra por el Congreso de la Segunda Internacional, manteniendo mientras su adhesión a esta última. Esta solución perdió eficacia rápidamente, debido por una parte al aplazamiento de la reunión de Ginebra, de enero a julio de 1920, que dejó a la corriente de los partidarios de la Segunda Internacional en una situación poco airosa, y, por otra, a que la Federación de Juventudes Socialistas, en su quinto Congreso, celebrado posteriormente al del partido, decidió su ingreso en la Tercera Internacional.
Coinciden estos acontecimientos con la llegada a España de un miembro del P.C.U.S., y del comité ejecutivo de la Tercera Internacional, Borodín, quien junto al norteamericano  Frank Seaman “Ramírez”, trabajaron para acelerar el proceso iniciado por los “Terceristas” quienes, en enero de 1920, hicieron público un manifiesto donde expresaban su intención de promover una campaña para la adhesión del Partido Socialista a la Tercera Internacional.
La influencia de Frank Seaman sobre el Comité Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas hizo que éste, sin esperar la decisión del Partido y sin convocar siquiera un Congreso de la propia Federación de Juventudes, decidiera su conversión en Partido Comunista Español, reuniendo, el 15 de abril a todas las secciones constituidas en España, a fin de que se pronunciaran a favor de la decisión del Comité Nacional. Sólo un millar de militantes secundó el pronunciamiento[3], pese a lo cual se constituyó el Partido Comunista, con el apoyo fundamental de las Juventudes madrileñas.
La convocatoria del segundo Congreso de la Internacional Comunista en julio, coincidiendo con el de la Segunda Internacional, impulsó al Comité Nacional del P.S.O.E., presionado por los terceristas, a convocar un segundo Congreso extraordinario para examinar la cuestión de la afiliación internacional del P.S.O.E.
El Congreso, iniciado el 19 de junio, representó un triunfo tercerista, decidiéndose la incorporación inmediata en la Tercera Internacional, si bien, la resolución[4] sólo sería efectiva, tras el viaje a Moscú de Anguiano y De Los Ríos, que debían presentar al Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional los acuerdos del Congreso, rindiendo posteriormente, cuenta ante el partido de su gestión.
Pero los acuerdos del segundo Congreso de la Internacional Comunista, especialmente las condiciones de ingreso (los famosos veintiún puntos), hicieron que las resoluciones del segundo Congreso extraordinario del P.S.O.E. fracasaran, pues el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional rechazó las condiciones del P.S.O.E. que le fueron presentadas por Anguiano y Fernando de los Ríos en su viaje a Moscú[5]. Éstos, a su vuelta a Madrid, el 29 de diciembre de 1920, informaron a la ejecutiva, rindiendo posteriormente cuentas ante el Comité Nacional, el día 15 de enero de 1921.
Anguiano pese a alguna duda sobre la evolución política rusa[6], apoyó la ratificación de la adhesión a la Internacional Comunista; Fernando de los Ríos, por el contrario, después de manifestar las mismas dudas que Anguiano respecto a la situación rusa, señaló que había sido el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional el que había rechazado las condiciones establecidas por el P.S.O.E. para su adhesión, por lo que se oponía a la misma. Dado que ninguno de los informes fue aprobado[7], la única salida era la convocatoria de un nuevo Congreso extraordinario, el tercero, para que en él se analizaran los informes de Anguiano y De los Ríos y se decidiera finalmente sobre la controvertida adhesión.


[1] Termes, Josep y Alquézar Ramón: “ 2 –1909-1931” en Tuñón de Lara “Historia del Socialismo Español”. Pág. 132.
La convocatoria se unía a una apelación a la lucha interna en el seno del movimiento socialista contra los “Socialpatriotas” y los “centristas”, e incluía una llamada específica a los “elementos revolucionarios del Partido Socialista Español”, pese a lo cual, “Nuestra Palabra”, el órgano del ala izquierda del P.S.O.E., no la publicó.
Estos elementos revolucionarios, que pasarían a denominarse “Terceristas” o “moscuteros”, no constituían una estructura vertebrada, eran más bien un grupo heterogéneo que tomó como bandera la resuelta defensa de la Revolución soviética, alrededor de la cual fueron organizándose, hasta llegar a tomar la iniciativa en el partido.
Entre los elementos que podrían formar parte de este grupo podemos incluir los elementos más izquierdistas de la Federación de Juventudes Socialistas o el Grupo de Estudiantes Socialistas de Madrid, o las gentes que se encuadraban en el entorno de la “Escuela Nueva” o el mencionado semanario “Nuestra Palabra”.
Para conocer más sobre la “Escuela Nueva”, ver Abellán José Luis “La crisis contemporánea-1” en Abellán, José Luis “Historia Crítica del Pensamiento Español”, o Tuñón de Lara, Manuel “Medio Siglo de Cultura Española 1885-1936”.

[2]Congreso Extraordinario del P.S.O.E. (Nacimiento del Partido Comunista Español)”.
El Congreso se inició con una propuesta ratificando la satisfacción del partido por el triunfo de la revolución rusa. Posteriormente Julián Besteiro presentó un documento que reflejaba la opinión mayoritaria de la comisión ejecutiva. Comenzaba afirmando la importancia que se concedía a la Revolución Rusa, y que pese a “las deficiencias del gobierno de los soviets, el Partido Socialista español no puede hacer otra cosa sino aprobar la conducta de las organizaciones proletarias que desde la Revolución de octubre vienen ocupando el poder en Rusia”, aceptando incluso que la dictadura del proletariado era condición indispensable para el triunfo del socialismo.
Pero luego se comienzan a marcar diferencias: la dictadura del proletariado adoptará diferentes formas en cada país. El camino de la revolución será distinto, por lo que no procede la repetición servil de los procedimientos ya empleados. Esa aceptación de la existencia de múltiples vías de acceso al poder según las características de cada nación servía de fundamento a la propuesta final : “ la comisión ejecutiva propone al congreso que, lejos de contribuir a debilitar los organismos internacionales existentes, procure nuestro partido fortalecerlos e influirlos en el sentido anteriormente indicado, y por lo tanto que acuerde  mantener su adhesión a la Segunda Internacional, que constituye la organización socialista más poderosa hoy existente, cuyas decisiones, si su potencialidad no es imprudentemente debilitada, pueden ejercer una influencia eficaz sobre el desarrollo de los acontecimientos mundiales en este momento crítico de la historia”.
La adhesión incondicional fue planteada por Anguiano, mientras que tres importantes “Terceristas”, pertenecientes a la Agrupación madrileña, defendieron la adhesión aunque condicionada, con expresa aceptación de la legitimidad de la lucha parlamentaria, lo que en absoluto suponía que la Revolución llegara de las urnas.
La posibilidad de ruptura, algo a lo que no estaba dispuesta ninguna de las corrientes existentes en el seno del Partido Socialista, obligó a una resolución de compromiso, materializada en la moción de Fabra Rivas y Pérez Solís, que mantenía dentro de la Segunda Internacional al Partido.
Se debía asistir, por tanto, al Congreso de Ginebra, con el mandato de solicitar sanciones para quien no hubiera ajustado su conducta a los principios socialistas.
Esta moción se completó con la enmienda de Isidoro Acevedo, que propugnaba la defensa, en el Congreso de Ginebra, de la fusión de las dos Internacionales, con la condición de que si esto no fuera posible el Partido Socialista abandonaría la Segunda Internacional integrándose en la Comunista.

[3] Termes, Josep y Alquézar Ramón: “ 2 –1909-1931” en Tuñón de Lara “Historia del Socialismo Español”.
Incluso militantes decididamente partidarios de la adhesión a la Internacional Comunista como el propio secretario general de las Juventudes, José López rechazaron el pronunciamiento.

[4]Congreso Extraordinario del P.S.O.E. (Nacimiento del Partido Comunista Español)”.Madrid. 1974
El Congreso desestimó rápidamente la propuesta de mantenerse dentro de la Segunda Internacional, que fue apoyada por Indalecio Prieto y por Pérez Solís como personalidades más relevantes.
Así pues, parecía decidida la adhesión a la Tercera Internacional, para lo cual se presentaron dos mociones. La primera, que proponía la adhesión incondicional, fue defendida de nuevo por Anguiano y secundada por García Cortés; la que defendió Acevedo y secundó Fernando de los Ríos, establecía tres condiciones: 1) autonomía del P.S.O.E. en la táctica a desarrollar en España; 2) derecho del P.S.O.E. a revisar en sus propios Congresos la doctrina de la Tercera Internacional y los acuerdos de los Congresos de ésta, y 3) defensa, dentro de la Tercera Internacional, de la unificación de todas las fuerzas socialistas, y, consecuentemente, reserva del derecho a asistir a todas las reuniones internacionales que se realicen con ese motivo.
La propuesta final integró ambas mociones en una sola que fue la que se adoptó. No obstante, el resultado final seguía manteniéndose a la espera de la decisión final de una institución ajena al partido.

[5] Abellán, José Luis “La Crisis Contemporánea III (1875-1939)” en Abellán “Historia Crítica del Pensamiento Español” Pág. 172.
En el viaje que tuvo una larga duración, desde octubre hasta diciembre, además de recibir, de manos del Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional, el texto de las condiciones de ingreso, se entrevistaron personalmente con Lenin, que respondió a diversas preguntas de los socialistas españoles aclarando la necesidad de centralización de la Internacional Comunista y el absoluto respeto a la doctrina y disciplina que de ella emanara.

[6] . Congreso Extraordinario del P.S.O.E..1921 (Nacimiento del Partido Comunista Obrero Español), Madrid 1974. Pág. 21.
Anguiano opinaba que la dictadura del proletariado se iba transformando en la dictadura del partido. Opinión que puede estar basada en la respuesta de Lenin a una de las preguntas que se le formularon en el viaje a Moscú. Concretamente a la pregunta: ¿Cómo y cuando cree usted que podrá pasarse del actual período, llamado de dictadura del proletariado y período de transición, a un régimen de plena libertad para sindicatos, prensa e individuos? Lenin respondió: “Nosotros nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado; la ejercemos desde el poder en pro del proletariado, y como en Rusia la clase obrera propiamente dicha, estos es, la clase obrera industrial es una minoría, la dictadura es ejercida por esa minoría, y durará mientras no se sometan los demás elementos sociales a las condiciones económicas que el comunismo impone. [...]. El período de transición, de la dictadura, será entre nosotros muy largo; tal vez cuarenta o cincuenta años; otros pueblos, como Alemania e Inglaterra, podrán, a causa de su mayor significación industrial, hacer más breve este período; pero esos pueblos, en cambio, tienen otros problemas que no existen aquí; en algunos de esos pueblos se ha formado una clase obrera a base de la dependencia de la vida colonial...Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto a ésta siempre preguntamos: ¿Libertad, para qué?.

[7] Termes, Josep y Alquézar Ramón: “ 2 –1909-1931” en Tuñón de Lara “Historia del Socialismo Español”. Pág. 132.
Tampoco se aprobó la carta enviada por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista criticando su “falta de decisión” en aceptar el ingreso sin condiciones en la Tercera Internacional, calificándola como signo de la incomprensión de los socialistas españoles respecto a la “revolución mundial”; además el documento contenía críticas directas contra los representantes del reformismo en España: Besteiro o Largo Caballero.

7/08/2011

Multiculturalismo en Australia

Australia se comprometió con el multiculturalismo en el inicio de la década de los años setenta del siglo XX En las primeras décadas del siglo XX se desarrolló la “White Australia Policy”, nombre que se le dio a la política basada en la exclusión de inmigrantes no blancos estipulada en el “Acta de Restricciones de Inmigración” de 1901. El resultado más obvio de tal actitud fue que la población no blanca, sin contar a los aborígenes, era tan solamente un 0,25% del censo en 1947 (Australian Bureau of Statics). Tras la Segunda Guerra Mundial se abre la inmigración y el slogan “populate o perish” se transformó en el foco de un discurso que defendía la necesidad de atraer al país la población suficiente para su eficiencia económica. Estructurada inicialmente a través de políticas asimilacionistas y pese a las reticencias del gobierno por la posible etnicización de la sociedad, la existencia de comunidades étnicas era un hecho en la década de los años sesenta del pasado siglo. Así pues, la necesidad de gestionar la diversidad manteniendo la cohesión social, impulsó al gobierno laborista de Gough Whitlam en 1973 a promulgar políticas multiculturales de “acción afirmativa” y reconocimiento de los derechos de los aborígenes que tuvieron su mayor desarrollo legislativo a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa, tanto con gobiernos laboristas como los de Hawkes o Keating, como con la coalición liderada por Malcolm Fraser, aunque todas estas iniciativas están recogidas dentro de una cobertura ideológica liberal. Kymlicka (2009, p. 82) afirma:
De las nueve democracias occidentales que contaban con pueblos indígenas, concluimos que cuatro podían ser clasificadas como profundamente multiculturales (Canadá, Dinamarca, Nueva Zelanda y Estados Unidos), tres eran moderadamente multiculturales (Australia, Finlandia y Noruega), y únicamente dos se habían mantenido más o menos igual (Suecia y Japón).



7/04/2011

América y el "Melting pot"

El primer poblamiento no indígena de Estados Unidos se realizó por castellanos, con carácter universalista, plurirracial y, en cierto sentido multicultural. La llegada de pobladores ingleses, cambió rotundamente la perspectiva, pasando a convertir su ocupación en excluyente y diferenciadora y denotando una clara marginación, primero hacia el indígena y después hacia la población negra esclavizada en los estados del sur. Así pues, la sociedad norteamericana fue estableciendo un prototipo del carácter nacional que denominamos WASP, acrónimo de “White Anglo-Saxon Protestant” y que ocupa del tal forma el imaginario popular estadounidense, que muchos ciudadanos que no lo son, ni por origen ni por religión aspiran ser considerados como tales por serlo de Estados Unidos (Real academia de la Historia, volumen 109, p. 35):
“Durante dos siglos y en lo esencial hasta hoy, el WASP ha representado el modelo al que todos los inmigrantes habían de ajustarse y el molde en el que todos serían asimilados”
Durante los siglos XIX y XX se incrementó exponencialmente el flujo de inmigrantes que las políticas de asimilación, ayudadas por la expansión de la educación pública y gratuita, fueron incorporando a un país que tiene como lema en su Gran Sello, con el que se certifican los documentos públicos, “E pluribus unum” o “de muchos uno”. Una muestra de la consolidación y el éxito de tal política lo representa la obra teatral de Israel Zangwill “The melting-pot”, con una significativa frase final:
“qué gloria es la de Roma y Jerusalén, a donde acuden todas las naciones y razas a adorar y mirar atrás, comparada con la gloria de América, donde todas las naciones y razas vienen a trabajar y mirar adelante.”
La sociedad norteamericana, desde sus centros de poder, difundió una imagen de si misma, como una nación de inmigrantes, cuya cultura, universal, se configuraba en un crisol de razas. Ese crisol de razas se mantuvo inalterado, pese a la avalancha de inmigrantes provenientes de todo el mundo, hasta que la grave crisis económica de 1929 y el fuerte crecimiento vegetativo de la población convirtió en conflictiva la inmigración a Estados Unidos. Las leyes limitativas de la inmigración de 1924 y 1929, redujeron drásticamente el flujo migratorio estableciendo un sistema de cuotas nacionales que, además, intento mantener estable la composición étnica del país. Esta nueva situación se mantuvo estable hasta la promulgación de la “Inmigration and Nationality Act” de 1952, que eliminó el sistema de cuotas nacionales aunque manteniendo en niveles reducidos la llegada de inmigrantes. El verdadero criterio que reguló la inmigración fue el interés nacional con un riguroso control de la captación de personas a las que se les permitía la llegada al país, tales extremos se plasmaron legislativamente hacia finales de la última década del siglo pasado. El papel primordial de la inmigración consistiría en atraer “needed skills” de cualquier parte del mundo. Esta nueva actitud se alejó del ideal WASP ya que declaraba aptas para residir y adquirir la ciudadanía a personas de cualquier raza o procedencia, primándose la reunión familiar. Pese a la variedad étnica, Estados Unidos no inicia sus políticas multiculturales hasta la segunda mitad del siglo XX. Se ha querido ver su origen, como doctrina que respalda la concesión de derechos diferenciados a las minorías culturales, en los textos de Kallen (Cespedes del Castillo, 2005) sobre “pluralismo cultural” y la riqueza que suponía para la sociedad estadounidense la diversidad étnica, pese a que su visión es siempre compatible con la unidad básica representado por el “melting-pot”. Ahora bien, ese “melting-pot” funcionó fundamentalmente entre los grupos afines, mientras que en los estados sureños la segregación racial y la Ley Jim Craw se mantuvieron hasta bien entrados los años sesenta. En ese momento, los líderes de las comunidades negras comenzaron a alejarse del ideal que postulaba la posibilidad de convertirse en ciudadanos americanos de raza negra, coincidiendo con las movilizaciones en pro de los derechos civiles que habían conseguido prácticamente desmantelar la legislación racial.
Pero las políticas multiculturales de Estados Unidos no se gestionan desde el Gobierno Federal, sino desde los Gobernos de los Estados y de las ciudades que, en su conjunto, ejecutan una amplia muestra de políticas multiculturales (Kymlicka; 2009).



6/30/2011

Cultura: Un concepto “de facto: El nacimiento de la Etnografía

 
Textos como las “Relaciones”, que se componían de las cartas enviadas por los misioneros jesuitas a sus superiores o compañeros en Europa se van recopilando desde el siglo XVII y comienzan a configurar la naciente Etnografía. Las “Relaciones” tienen su origen en las instrucciones dictadas por el Padre Francisco Javier al Padre Gaspar Barzaeus en las que le recomendó escribir cada cierto tiempo al Colegio de Goa informando sobre sus actividades en su destino de Ormuz (Ponce Alcocer, 2008). Entre los distintos tipos de cartas, personales, edificantes, anuales dirigidas a sus superiores, destacan las que se escribieron para el público en general con intención de imprimirlas. En ellas se describe el método evangelizador, los problemas a los que hubieron de enfrentarse y una descripción de las costumbres:
Esas cartas dirigidas al público dejan de publicarse tras las controversias que se produjeron al publicarse los ritos chinos, prohibiendo Clemente X nuevas publicaciones si no contaban con la autorización escrita de la “Propaganda Fidei” el año 1673. Pese a tal prohibición, el trabajo descriptivo de los etnógrafos jesuitas continuó a lo largo del siglo XVIII, con trabajos de Lafitau, Dobrizhoper y otros que sirvieron de base al trabajo de Demeunier “El espíritu de los usos y de las costumbres de los diferentes pueblos” (citados en Harris, 1993).
Estas obras constituían descripciones de costumbres o formas de vida y se expresaban ya en categorías etnográficas hasta el punto que la obra de Lafiteau contiene la primera descripción de una terminología clasificatoria del parentesco. Pero el estudio científico de cultura no se origina en estas etnografías, pues su concepto de cultura lo podemos describir como “de facto” ((Harris, 1993, p. 14):
“Como ya hemos visto anteriormente, no hay ninguna razón que nos obligue a insistir en que el concepto de cultura se construya de tal modo que se incluyan en él teorías como la de la unidad psíquica, la dependencia del aprendizaje y la herencia extrasomática. Despojado de estos factores, el concepto de cultura se reduce al de pautas de la conducta asociadas a determinados grupos de pueblos, es decir, a las ‘costumbres’ o a la ‘forma de vida’ de un pueblo. En este sentido, un concepto de cultura de facto es problablemente universal”
Efectivamente, la Etnografía no contempla en sus primeros trabajos la teorizaciones de cultura construidas por la Ilustración, ni, por su parte, pretende teorizar sino describir. Ahora bien, a partir de sus escritos los filósofos ilustrados comienzan a elaborar trabajos comparativos de carácter etnológico y se comienza a vislumbrar la diversidad humana. Debemos resaltar, la labor de Demeunier (Bauman, 2002, p.127) que, sin haber viajado nunca, fue capaz de continuar la labor de categorización de Lafiteau incluyendo “elementos tan refinados como los parámetros de belleza o desfiguración personal”. Pero la capacidad de la Etnografía para comprenderse como disciplina capaz de estructurar lo que Wisler denominó “patrones culturales universales” no se producirá hasta el siglo XX.

6/17/2011

Francia y la civilisation


Francia unifica la acción civilizadora, humana y acumulativa en el camino del progreso. Esta idea se va construyendo a lo largo del siglo XVIII fundamentalmente como oposición a las teorías del “ancien régime” conformando las bases de un pensamiento evolucionista popular que caló entre las clases medias francesas.
Efectivamente, la filosofía ilustrada generó una visión evolucionista de la historia que puso en cuestión el antiguo esquema del medievo. El origen lo encontramos en Francia, en autores como Condorcet, Turgot, Voltaire o Montesquieu, donde la creciente debilidad de las clases sociales frente al poder absolutista pudo servir de acicate para generar el amplio debate que se produjo. Condorcet estableció en su obra fundamental, “Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del ser humano”, una línea de progreso en el ser humano con nueve etapas, esbozando una décima donde los seres humanos alcanzarían la perfección. Es decir, debemos entender la evolución en el sentido de cambio de una forma a otra (Harris; 1993), un concepto simple, que estaba muy alejado del concepto biológico de evolución, como lo prueban las resistencias mostradas a las teorías evolucionistas (Darwin, 1992).
Son varias las ideas de la Ilustración que se encuentran en el trasfondo de la “civilisation”. Una de ellas afirma la “unidad psíquica” de los seres humanos. Todos los grupos humanos compartían las mismas emociones básicas desde un mismo nivel y tipo de inteligencia. Eso a pesar de que los individuos que formaban parte de esos grupos fuesen totalmente distintos. Desde esta base, era lógico pensar que no debían existir barreras biológicas que fuesen un impedimento para que cualquiera de esos grupos humanos se beneficiase de los nuevos conocimientos que la ciencia y la razón iban acumulando o, que contribuyesen al desarrollo común de la humanidad. Todos, por tanto pueden ser civilizados, desde su visión más etnocéntrica, los franceses, los líderes de la civilización, tenderán a identificar su civilización con la cultura universal y hay que confiar en la victoria final del progreso. Las diferencias culturales son explicables, en opinión de Locke, en términos geográficos y climáticos, que ya fueron formuladas en Hipócrates o Polibio, Polión, o los geógrafos árabes Ibn Idrisi o Ibn Jaldún (citados en Harris, 1993). Aunque también cabían explicaciones más simples: accidentes históricos. Ahora bien, esa visión más etnocentrista, no refleja la totalidad del pensamiento ilustrado, existe una corriente que tiende a explicar las diferencias socioculturales como consecuencias de la razón. “[…] lo que dirige la historia es la elección inteligente y racional del hombre” (Harris; 1993, p- 35).
Por otra parte la característica fundamental de la historia humana era el progreso. El cambio, era entendido como continuado, continuo no episódico y estaba basado en causas naturales, quedaba lejos la idea medieval que consideraba inconcebible el progreso sin la intervención divina. Y en ese enfrentamiento cultura naturaleza había que actuar adquiriendo control sobre la naturaleza.
Aunque con excepciones, los filósofos ilustrados consideraban que el progreso era inevitable, incluso una ley natural, y que éste conllevaría la génesis de una serie de conceptos que permitirían la explicación del cambio social. El progreso se convirtió en una metarrelato justificador de la modernidad, pues no solamente afectaba al desarrollo tecnológico sino que, en su opinión, resultarían afectadas la organización social, la religión o la política. Estos cambios serían afines y consecutivos en la única posible línea de desarrollo. Entonces, si existe unidad psíquica y el único camino posible está marcado, todas las sociedades que se encuentren en un mismo nivel de desarrollo deben encontrar soluciones similares para sus conflictos y su cultura evolucionará de forma paralela.
El progreso mejora la condición humana, no modificándola ya que se mantiene la idea cristiana de una naturaleza inmutable, sino simplemente eliminando la ignorancia mediante la educación y permitiendo que la razón regule el comportamiento. Condorcet afirmó que la cultura “puede mejorar a las propias generaciones y que el perfeccionamiento en las facultades de los individuos es transmisible a sus descendientes” y, como afirma Diderot en su carta a Catalina de Rusia “Plan de una universidad oficial rusa”, enseñar es civilizar. D’Holbach en su libro “Elementos de la Moral Universal o Catecismo de la Naturaleza” (1820, p. 32-33) afirma:
“Entiéndese por educación el arte de hacer al hombre que contraiga en su infancia los hábitos que pueden contribuir á su felicidad: educar á uno, es hacerle que haga esperiencias, y habituarle á que juzgue según ellas: si la educación es buena, el hombre se hace razonable, y si la educación es descuidada, sale todo lo contrario”.
 Rousseau utiliza cultura como sinónimo de formación individual y con connotaciones negativas (1990, p. 265), ya que como claro defensor de la naturaleza se posiciona junto a ésta en la oposición cultura-naturaleza:
“Este estudio de los varios pueblos en sus apartadas provincias, y en la secillez de su índole general, ofrece una observación general muy concordante con mi epígrafe, y que consuela mucho el corazón humano; y es que, observadas así todas las naciones, parece que son más apreciables: quanto más a la naturaleza se acercan, mas domina la bondad en su carácter; sólo encerrandose en las ciudades, y alterándose á poder de cultura, se depravan, y convierten en perniciosos y agradables vicios algunos más toscos que dañosos defectos.”
 No obstante, Rousseau sostenía que la educación tenía tal capacidad que permitía la transición del estado animal al hombre. Ahora bien, como nos dice Kant (1989, p. 25), la Ilustración:
“Es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y de valor para servirse por si mismo de ella sin la tutela de otro.”
En virtud de esa culpabilidad, la necesidad de orden era evidente y la escuela se configuró como fábrica de orden. La unión entre educación, cultura y civilización conformó la cultura como sistémica (Bauman; 2001, p. 164)
“Como en el caso de cualquier fábrica de orden, el estado supremo previsto para la cultura era el de un sistema, donde todo elemento tiene una función que cumplir, donde no se deja nada a la casualidad, ningún elemento se deja solo, sino que encaja, forma equipo y coopera con el otro; donde el choque entre los elementos sólo puede derivar de un error de diseño o construcción, de la negligencia o el defecto; y que sólo deja espacio para aquellas normas de conducta que desempeñan una función útil para ayudar a obtener el modelo de orden previsto.”
Por tanto, un criterio de acción, educativo, universal, jerárquico, sistémico y evolutivo caracterizó la aportación, en alguna medida todavía viva, de la Ilustración en Francia a la construcción del concepto de cultura. Pero era evidente que sólo podía referirse a la cultura en singular, en cuanto universal y extensible a toda la humanidad.

6/14/2011

Alemania bildung, kultur

Al mismo tiempo que Francia desarrollaba el concepto de civilización Alemania iniciaba una seria resistencia a su expansión universal. Si bien, inicialmente los dos países habían desarrollado una concepción de cultura muy similar, con el tiempo se fue estableciendo una diferencia, la tradición nacional frente al cosmopolitismo, el espíritu frente a lo material, las artes y las artesanías frente a la tecnología y las emociones frente a la razón, configuraron el concepto de “Kultur” frente al de “Civilisation”.
La noción alemana de “bildung” equivalía a formación o educación, en el mismo sentido que utilizaban Condorcet o Diderot, y con la misma necesidad imperiosa de actuación, de crear barreras que impidan la barbarie. Pero esa formación se orienta hacia las necesidades del alma individual y es pesimista respecto al progreso secular hacia el que se muestran profundas reticencias.
La noción de “kultur” resalta lo diferente lo específico y su desarrollo más completo se logra con el romanticismo alemán, la idea de nación y los reiterados esfuerzos por lograr la unidad política de la Gran Alemania. No era un término nuevo, más bien podemos decir que fue un término en expansión, no diferente del propio término cultura, y los que siempre resulta complicado, por no decir imposible, definir en que momento puede darse por concluida su evolución, dependerá en gran medida de nuestra propia interpretación.
La expansión del término recoge el paso de lo individual a lo colectivo, después acogió todos los logros humanos, no sólo aquellos provenientes de la agricultura o la educación, para finalmente, en un salto problemático por su novedad y por la carga de profundidad que conllevaba, pasar de connotar la actividad a referirse al resultado: el hombre cultivado y los productos culturales.
Mediado el siglo XVIII y fomentado por la Ilustración, el término “kultur” adquirió el significado de cuidado de los campos y los bosques y, un siglo después, paso a designar, como ya hemos comentado, el producto final, el nuevo estado de los bosques y campos. En su traslado metafórico desde el cultivo de la tierra al cultivo del alma, tuvo una especial importancia Pudendorf, (citado en Goberna Falque, 1999) y su obra “De iure naturae et gentium”, donde utiliza de forma reiterada el concepto ciceroniano de “cultura animi”, introduciendo al mismo tiempo la oposición cultura naturaleza. Cultura como opuesta a barbarie que expresa el refinamiento y la capacidad de ordenamiento de la sociedad. Nuevamente observamos, en este caso explicitada de forma elocuente, la configuración de la cultura como fábrica de orden. La cultura se ha convertido ya, para Pudendorf en una “forma de ser que se eleva sobre el estado natural” (Goberna Falque, 1999, p. 38).
El concepto, ya realizada su traslación metafórica, inicia su andadura hacia 1760. Con anterioridad, su uso se configuraba como la técnica del trabajo en los campos, pero a partir de esa fecha comienza a quedar situado en el entorno de “Bildung” y “Veredlung” o refinamiento, aunque estrictamente personal y referido fundamentalmente a las virtudes del espíritu.
Con posterioridad, el concepto de “kultur” se fue escindiendo en dos grandes líneas. Por una parte, su uso corriente siguió soportándose en el concepto de “bildung”, mientras que por otra inició el proceso de construcción de su cientificidad. Es ese uso no corriente del concepto el que realmente se transmite en la formación del concepto moderno de cultura. Y comienza aplicándose las costumbres de las sociedades individuales, de manera especial a aquellas que presentaban un alto grado de cohesión, con formas de vidas, campesinas que cambiaban de manera muy lenta en contraste con los centros urbanos “civilizados”, sometidos a un rápido cambio.
En las últimas décadas del siglo XVIII, comienzan a aparecer textos sobre “historia cultural” (Kulturgeschichte) y, ya en el siglo XIX (1874) Klemm (citado en Trigger, 1992) publicó una serie etnográfica denominada “Allgemenie Cultur-Geschichte der Menscheit” (Historia cultural de la humanidad). Desde esta posición se dieron los primeros pasos hacia una concepción de la cultura como forma de vida transmitida de generación en generación y hacia la ruptura de la concepción jerárquica aceptando la existencia de culturas entre los grupos no civilizados o primitivos.
También en este momento, y de manera independiente en diferentes escuelas de Arqueología, comienza a desarrollarse el concepto de cultura arqueológica como (Trigger, 1192, p.157):
Conjuntos de material arqueológico prehistórico geográfica y temporalmente restringidos y su identificación como los restos de diversos grupos étnicos
En resumen, la noción de “kultur” se fue estableciendo en confrontación con la “civilisation” francesa, entendida en Alemania como algo externo, ajeno a los valores alemanes y situado en las inmediaciones del poder político y económico, mientras que los intelectuales que desarrollaron el concepto de “kultur” se situaban en la oposición a las aristocracias y los príncipes de los diferentes estados alemanes. De hecho, el más potente de los estados alemanes, Prusia, impulsó a través de Federico II el Grande la “civilisation”, convirtiendo el francés en el lenguaje de su corte. Como corolario de esa confrontación Spengler (1993, p. 61) afirma:
“La civilización es el inevitable sino de toda cultura. Hemos subido a la cima desde donde se hacen solubles los últimos y más difíciles problemas de la morfología histórica. Civilización es el extremo y más artificioso estado a que puede llegar una especie superior de hombres. Es un remate; subsigue a la acción creadora como lo ya creado, lo ya hecho, a la vida como la muerte, a la evolución como el anquilosamiento, al campo y a la infancia de las almas –que se manifiesta, por ejemplo, en el dórico y en el gótico- como la decrepitud espiritual y la urbe mundial, petrificada y petrificante. Es un final irrevocable, al que se llega siempre de nuevo, con íntima necesidad”
Naturaleza y pequeñas aldeas frente a la ciudad, recuperación del gótico como característica creadora vital de los alemanes, y la civilización como final no deseado de la “kultur”. Mientras que Francia entiende la civilización como un complejo que incorporaba los hechos políticos, económicos y sociales, la “kultur” alemana se refiere esencialmente a hechos intelectuales, artísticos y religiosos de naturaleza creadora. Además, era un concepto a la vez nacional y personal, una progresión de la persona hacia la perfección espiritual.

6/10/2011

Inglaterra refinement la construcción del concepto de cultura

Inglaterra, se mantiene equidistante de las construcciones alemana y francesa de la cultura. En el inicio de la modernidad, habían intentado compendiar las dos tradiciones continentales, pero el desarrollo económico propiciado por la revolución industrial, generó una corriente pensamiento que consideró el materialismo y la tecnología de la civilización moderna como enemigos: “Poesía contra Mammon”, en definición de Shelley (citado en Kuper; 2001, p. 27).
Ante esta situación, la defensa se encontraba en los valores culturales mantenidos a lo largo del tiempo y representados por las grandes obras del arte y la filosofía. Quizá, el autor más destacado en esta tradición inglesa sea Matthew Arnold, como nos dice Martín Caballero (2006, p.54):
“[…] el autor más representativo en este debate. Su obra más famosa Culture and Anarchy. An essay in Political and Social Criticism  de 1867-69. Frente a los efectos destructivos de la modernidad, que conllevaba la anarquía y el embrutecimiento cultural, Arnold quería instaurar una serie de valores culturales compartidos. Estos valores llevarían a una vuelta a la ‘verdadera cultura’, planteada como ‘lo mejor que se ha dicho y pensado’. Por tanto, la ‘verdadera cultura’ descansaría en una recuperación de la alta tradición literaria.”
Resulta significativa su definición de cultura “lo mejor que se ha dicho y sabido” (Citado en Kuper, 2001, p. “7). Al igual que en el continente, en la Inglaterra del siglo XVIII, existe la contraposición entre una cultura sofisticada, la del “gentry”, de la pequeña nobleza rural y urbana, y una cultura popular, al mismo tiempo que comenzaba a desarrollarse la cultura industrial fruto de la revolución económica que había tenido lugar en el país.
Es contra esta última contra la que se produce la contestación de los intelectuales, e igualmente es con ésta con la que se gestiona la diferencia cultos-bárbaros, pues la cultura popular, pese a ser una cultura de resistencia, esta basada igualmente en la tradición y, además, se daba una curiosa circunstancia: los cultos, los ilustrados, leían en público a los iletrados (pertenecientes a la cultura popular inglesa), obras cumbres de la literatura.
Y dado, que en la teoría ilustrada la cultura o bien equivale o bien se transmite mediante la educación, y su mejor resultado es “lo mejor que se ha dicho y sabido”, será en estos ámbitos donde un intelectual debe mejorar, debe refinarse. Nuevamente el concepto de acción que nos menciona Bauman (2001), la creación de muros frente a la barbarie, las instituciones creadoras de orden y la dicotomía cultos, incultos. En este contexto, se introduce, otro elemento fundamental, si la cultura configura el devenir de una nación, la cultura debe convertirse en un escenario fundamental para la acción política, que ha de intervenir, dirigiendo, orientando y matizando las distintas intervenciones con un objetivo claro: el mantenimiento del orden social y la transmisión de “lo mejor que se ha dicho y sabido”.

6/01/2011

Ilustración y cultura


La configuración moderna del significado, pese a que ya se observan indicios y elementos constituyentes del concepto en los inicios del siglo, se posterga en el tiempo hasta el tercer cuarto del siglo XVIII, como se observa en los países que, desde los criterios básicos de la Ilustración, inician la modernidad. En opinión de Bauman (2001; 162):
“La noción de cultura, nacida y configurada en el tercer cuarto del siglo XVIII (en los fundamentales años que Kosseleck ha denominado “el paso de montaña”, cuando nacieron también la filosofía de la historia, la antropología y la estética, todas al unísono para redisponer la visión del mundo en torno a las ideas y las actividades humanas), en los países que en aquel momento se encontraban en el umbral de la modernidad, no fue una excepción a esa regla general. Destinada a una carrera universal fue, sin embargo, concebida a partir de la experiencia particular de unas gentes particulares que vivieron en tiempos particulares.


En todos aquellos países se trasluce la imperiosa necesidad de realizar un esfuerzo educador, civilizador, formador, un proceso de enculturación (Bauman 2001; 162):
“El francés civilisation, el alemán bildung, el inglés refinement (las tres corrientes discursivas destinadas a fluir unidas hacia el lecho fluvial del discurso cultural supranacional) eran nombres de actividades (y actividades intencionadas por lo demás). Informaban sobre lo que se ha hecho y lo que se debería hacer o se hará: hablaban de un esfuerzo civilizador, de educación, mejora moral o ennoblecimiento del gusto. Los tres términos transmitían, el sentido de ansiedad y la necesidad de hacer algo sobre sus causas”
La intervención se convierte en necesaria, si no lo hacemos, si no actuamos el mundo se convertirá en un lugar insoportable, donde si permitimos que las persones actúen dejadas a su libre albedrío presenciaremos actuaciones brutales, debemos pues, utilizar nuestra razón y nuestra voluntad, generando, mediante el recurso a nuestra “auctoritas”[1] unos procedimientos adecuados que permitan el aprendizaje de todos y un progreso generalizado, en el sentido de avance desde peores a mejores condiciones. Esta formación, o el saber que la sustenta, encuentra en la cultura el elemento diferenciador que conceptúa como buenos o malos los enunciados o las actuaciones. Serán buenos en cuanto se ajusten a los criterios socialmente aceptados en ese entorno. Esta forma de legitimación se obtiene por el consenso social, y este consenso que permite diferenciar a quien sabe y a quien no sabe (el ajeno, el extranjero, el otro) es lo que constituye la cultura de un pueblo. Este criterio educativo, la”civilisation” o el “bildung” va ocupando, utilizando el término antropológico de enculturación, el “gabinete vacío”.




[1] En Derecho romano se entiende por auctoritas una cierta legitimación socialmente reconocida, que procede de un saber y que se otorga a una serie de ciudadanos. Ostenta la auctoritas aquella personalidad o institución, que tiene capacidad moral para emitir una opinión cualificada sobre una decisión. Si bien dicha decisión no es vinculante legalmente, ni puede ser impuesta, tiene un valor de índole moral muy fuerte. El término es en realidad intraducible, y la palabra castellana "autoridad" apenas es una sombra del verdadero significado de la palabra latina.

El concepto se contrapone al de potestas o poder socialmente reconocido.

La fuente de auctoritas fue principalmente el Senado romano, si bien una serie de personalidades importantes también la tenían cuando no ocupaban cargos de magistraturas con potestas. Pero durante el Bajo Imperio la auctoritas derivaba directamente del propio emperador.